Empezar con un «¡Por supuesto que sí!» como respuesta a la pregunta del título me parece innecesario. Es evidente que bibliotecarios, documentalistas y gestores tendrán algo que decir sobre cómo en la actualidad nos informamos.
Comparado con, digamos, hace cien años, tenemos acceso a una gran cantidad de información, siempre al alcance de la mano, siempre disponible en un sólo clic. Y es por ello, por la facilidad con la que podemos hacernos con los datos que buscamos, que no ponemos empeño, no nos molestamos en contrastar lo que leemos, no empleamos ni un segundo de más en confirmar que la información es un bulo o contiene errores. Es así que, en una realidad donde vivimos rodeados de información, somos de las generaciones más desinformadas.
A día de hoy, con la locura de las redes sociales y la escasa dificultad para compartir información a raudales, nos vemos saturados con una andanada en su mayoría inútil de datos, imágenes y chismes. Twitter, Facebook, Snapchat, sea donde sea, cuando sea, por lo que sea, durante las casi veinticuatro horas del día recibiendo noticias casi en directo y nosotros, ávidos, las leemos, pero no las desglosamos. Las aceptamos como verdades universales sin cuestionarlas, porque cuestionarlas requiere de una energía que no estamos dispuestos a emplear, aunque sólo nos llevase cinco minutos.
¿Quién te ha enseñado que has de creer en absolutamente todo lo que leas en Internet? ¿Dónde queda el espíritu crítico? ¿La necesidad de ampliar conocimientos, miras, abrir nuevos caminos? ¿Por qué estancarnos en un tema en vez de saber sobre varios de ellos?
Antes no se podía acceder a la información tal como podemos ahora. Antes, cuando tenías dudas, ibas a una biblioteca, te sumergías en un mundo habitado por libros y comparabas la información de uno y otro, contrastándolo con la información que posiblemente ya poseyeses de antemano. Pedías ayuda a profesionales cuando veías que por ti mismo no podías continuar, cuando creías que habías llegado a un posible callejón sin salida, y entonces, bibliotecarios, documentalistas, gestores, se ponían manos a la obra hasta comprobar que ciertamente no había más que se pudiese desgranar del tema en cuestión.
Oh, pero hoy... ¡Tenemos Internet! ¿Qué más queremos? ¿Para qué más? Únicamente tengo que deslizar los dedos sobre la pantalla táctil de un teléfono móvil de última generación o presionar ordenadamente unas teclas en un teclado insertando las palabras correctas y con simplemente darle al enter..., miles de respuestas se te ofrecen al instante sin que tengas que estar leyendo en un viejo libro letras y más letras hasta dar con lo que buscas exactamente.
Con todo, tal como la manera de investigar evoluciona, también los expertos en su campo. A la hora de clasificar la información debidamente para facilitar su acceso a ella (aunque gracias a Internet no le demos la importancia que se merece), el sistema se vuelve más y más complejo y gracias a los ordenadores, podemos archivar muchisíma más información de la que jamás imaginamos que podríamos y no, supuestamente, perderla irremediablemente (véase la Biblioteca de Alejandría), pues contamos con la opción de la copia de seguridad.
Ventajas y desventajas, algo habitual. Nada es cien por cien bueno ni cien por cien malo.