lunes, 16 de enero de 2017

Antecedentes de la documentación.

Comprendamos en primera instancia que nuestro interés humano por conservar aquello que nos rodea, por conservar nuestras creaciones, dejar constancia de los hechos pasados, es lo que ha originado la documentación, entre otras cosas.

Con relativa facilidad podemos remontarnos a Mesopotamia y a sus tablillas de arcillas, que se usaban a modo de lo que actualmente conocemos como libros de cuentas; a los papiros procedentes del Alto y Medio Egipto; las tablillas de madera, los dibujos en cavernas y un largo etcétera. Los antecedentes de la documentación tienen en su haber miles de años, lo cual no es algo que debiera sorprendernos. 

Un importante antecedente que merece ser nombrado es la tristemente célebre Biblioteca de Alejandría. Otra biblioteca importante (aunque no llegó a alcanzar la fama que tuvo la de Alejandría) fue la Biblioteca de Légamo. Ambas bibliotecas albergaron una cantidad desbordante de documentos (a fin de cuentas antiguamente las bibliotecas estaban para guardar la información, osease, eran lo que entendemos a día de hoy como archivos. Esto ha ido cambiando con el avance de las épocas y ya no nos limitamos a retener la información para unos pocos en las bibliotecas sino a dejar libre entrada para todo aquel que quiera acceder a ella), aunque muchos de esos documentos ardiesen en el incendio que acaeció a Alejandría. 

¿Por qué cambió la ciencia tras la II Guerra Mundial?

Sencillamente, era adaptarse o morir. Con esto quiero decir que no podían quedarse estancados en cuanto a los avances tecnológicos se refiere. Hasta el momento el mundo se había hallado inmerso en una guerra de dimensiones mundiales, abarcando casi cada rincón. Los recursos se habían destinado en su totalidad a centrarse en lograr mejorar sus armas de guerra antes que su estilo de vida. Las prioridades eran ganar la guerra, o al menos defenderse y sobrevivir. Y para esto no puedes ir al campo de batalla con una espada mellada y un escudo con la bandera de tu país cuando tus enemigos se enfrentan a ti con fusiles de asalto y bombas. (A no ser que quieras suicidarte, por supuesto.)

La tecnología de cada país se había, así pues, centrado en mejorar el armamento, en tener uno superior al de los países contra los que se enfrentaban. Pero, ¿de qué les servía esto una vez la guerra llegó a su fin?

Lógicamente, había un nuevo objetivo, o tenían que encontrarlo. Tras una guerra de este calibre los daños causados no se reducen a un par de escombros y edificios destruidos y algunos muertos. La calidad de vida de miles de personas eran pésimas. No contaban con recursos suficientes para aguantar lo que viene tras la guerra: la postguerra, ergo, la destrucción e ínfimas condiciones en las que sus países se hallaban.

Debían de buscarse la vida y resistir como pudiesen.

Por su parte, los científicos acababan de quedarse sin un negocio que les había estado saliendo rentable (fríamente hablando, ¿qué es la guerra sino otra manera de sacar dinero?). Continuar mejorando la base armamentística de su país ya no era la finalidad más importante. Hubieron de comenzar a centrarse en otras cosas.

Así, de estar tratando de encontrar la manera de ampliar el ratio de alcance de una granada pasaron a trabajos menos interesantes como puede ser desarrollar inventos que pudieran ayudar a los ciudadanos de a pie con su día a día.

Adaptarse o morir. Esto siempre ha sido de este modo.