Comprendamos en primera instancia que nuestro interés humano por conservar aquello que nos rodea, por conservar nuestras creaciones, dejar constancia de los hechos pasados, es lo que ha originado la documentación, entre otras cosas.
Con relativa facilidad podemos remontarnos a Mesopotamia y a sus tablillas de arcillas, que se usaban a modo de lo que actualmente conocemos como libros de cuentas; a los papiros procedentes del Alto y Medio Egipto; las tablillas de madera, los dibujos en cavernas y un largo etcétera. Los antecedentes de la documentación tienen en su haber miles de años, lo cual no es algo que debiera sorprendernos.
Un importante antecedente que merece ser nombrado es la tristemente célebre Biblioteca de Alejandría. Otra biblioteca importante (aunque no llegó a alcanzar la fama que tuvo la de Alejandría) fue la Biblioteca de Légamo. Ambas bibliotecas albergaron una cantidad desbordante de documentos (a fin de cuentas antiguamente las bibliotecas estaban para guardar la información, osease, eran lo que entendemos a día de hoy como archivos. Esto ha ido cambiando con el avance de las épocas y ya no nos limitamos a retener la información para unos pocos en las bibliotecas sino a dejar libre entrada para todo aquel que quiera acceder a ella), aunque muchos de esos documentos ardiesen en el incendio que acaeció a Alejandría.